La historia del primo de Diego Barisone que juega en Instituto

A Joaquin, familia y su viejo Carlos siempre le dejaron claro una cosa: “Vos tenés que seguirlo a Diego”. Y a Joaquín, para todos simplemente Chicho desde pequeño, se le grabó tan fuerte en la cabeza como en el corazón. Seguirlo a Diego. Imitarlo. Tenerlo como referente, en el deporte y en la vida.

Hace casi cinco meses, a Joaquín Del Frari, le arrancaron ese faro que tenía en su vida. Esa guía. Pero no se fue del todo. Y jamás se irá.

Ese Diego al que seguía Chicho es Diego Barisone, el jugador de Lanús surgido de la cantera de Unión de Santa Fe que sufrió un accidente de tránsito este año (el 28 de julio, en Coronda, Santa Fe) en el que perdió su vida, conmocionando a todo el ambiente del fútbol.

Ese día 28, y todos los 28 desde aquí en adelante, quedarán marcados a fuego para Chicho y toda su familia, que tienen una conexión de sangre con los Barisone (la mamá de Diego es prima hermana de su mamá).

Y desde allí nació una relación especial, gracias al fútbol, entre Diego y Chicho. Primos para los árboles genealógicos, pero mucho más que eso a la hora de hablar de sentimientos.

Cada vez que se cruzaban, Diego le daba consejos a Joaquín, hablaban de fútbol, de la vida, de cómo comportarse y cómo debe ser un tipo de bien. Y Chicho, desde chiquito escuchó y lo miró como se miran a los ídolos que podemos tocar y ver de cerca.

Hoy, Joaquín se pone la camiseta número 2 de la Séptima de Liga Cordobesa de Instituto y el objetivo es uno solo: llegar a Primera para seguirlo a Diego, como le dijeron en su familia y se lo siguen repitiendo hoy. Como un homenaje, claro. Pero, también como una forma de demostrar que su huella es indeleble.

“En este último tiempo nos hablábamos muy seguido. Lo que me acuerdo muy fuerte es la primera vez que lo vi, fue en un casamiento de un primo. Nos sacamos una foto y hablamos. Yo era chiquito. Ahí me regaló una camiseta de Unión, del ascenso, que tengo en un cuadrito en casa… Después lo íbamos a ver siempre cuando jugaba acá en Córdoba, tanto en Unión como en Argentinos Juniors. La última vez que lo vi fue en abril en otro casamiento de la familia… Ahora cuando iban a jugar Lanús con Belgrano por la Copa Sudamericana acá en Córdoba, ya habíamos hablado para vernos, me iba a traer la camiseta. Hasta que pasó lo que pasó”, dice Chicho y hace una pausa.

No es fácil hablar de una pérdida. Para nadie. Y menos para él.

Joaquín apenas tiene 14 años, pasó a cuarto año en la Ipem 185 Perito Moreno y vive en barrio Los Plátanos.

Su familia está compuesta por papá Carlos, mamá Analía y sus tres hermanos mayores que él: Leonardo, Julieta y Malena.

Es un pibe simple que tiene el mismo sueño que todos los que corren detrás de una pelota en el predio de La Agustina: llegar a Primera.

Desde los dos años su viejo lo llevaba al Monumental de Alta Córdoba para seguir a Instituto y allí nació ese amor por la Gloria, que hoy lo lleva a defender la camiseta de sus sueños.

A los cuatro años pateó sus primeras pelotas en la escuelita “Golazo” en barrio San Rafael. Estuvo hasta los 11. En el 2013 ficharía para Las Palmas, donde jugaba de 9. Hasta que un entrenador lo probó de 2 y el destino quiso que ese sea su puesto para siempre. Como su querido Bari.

“Por lo que me contaron, él también jugaba de 9 cuando era chico… Y lo pasaron de 2, como a mí. Siempre hablábamos de los partidos, lo miraba por la tele cuando jugaba. Siempre estábamos en contacto. Por lo que me dicen mis primos en Santa Fe, cuando hablaba de Córdoba siempre hablaba de mí… Siempre me traía remeras, camisetas. Había algo especial. Es mi referente, en todo sentido. Era uno de los mejores centrales de la Argentina y, como persona, un modelo a seguir”, agrega Chicho.

Cómo llegó a la Gloria

En este 2015, y por la insistencia de un amigo, se fue a probar a Instituto. Allí, entre más de 100 chicos, la varita mágica se posó sobre la cabeza de Joaquín, que fue uno de los cuatro pibes seleccionados para quedarse en la Gloria.

Su pase valió las 10 pelotas que tuvo que llevar a Las Palmas y pudo lograr el primer gran paso: ser jugador de Instituto. “Las cosas que siempre me decía, sus consejos, son cosas que te quedan. Los primeros meses fueron duros, feos. Van pasando los días y te quedan los recuerdos lindos”.

Chicho fue el capitán de la séptima que conduce Hernán Díaz. Y el año que viene su objetivo será meterse en el selecto grupo de juveniles que juegan en AFA, donde están los más picantes. El 2 de febrero volverán a las prácticas y ya quiere estar allí. “Mi viejo me acompaña todos los domingos. Y la que está siempre, que me lleva hasta La Agustina, se come el calor, la lluvia, es mi vieja”, agradece.

“El vínculo de ellos (Joaquín y Diego) nace por el fútbol -cuenta su papá Carlos-. El fútbol siempre ha sido la convivencia entre las dos familias. Diego desde chiquito pintaba que iba a ser jugador profesional. Ahora Chicho sigue ese camino, tras el mismo sueño. Lo que pasó son esas cosas que nunca te pensás que te van a pasar. Íbamos a Santa Fe al velorio y no entendíamos el para qué… Ya pasaron unos meses y los 28 te joden. Hay que creer que es el destino y no preguntar mucho más. No le vas a encontrar respuestas. Más allá que es mi sobrino, un pibe de 26 años espectacular… A este se lo dije siempre. ‘Seguilo a Diego, seguilo a Diego’…

Joaquín mira hablar a su papá y los ojos se le llenan de lágrimas. Pero también dice lo suyo.

“La cantidad de gente que fue al cementerio, o al velorio, nos sorprendió… O el homenaje de un santuario que le hicieron donde fue el accidente, también. No se toma dimensión de cómo era. Para nosotros era Diego, nuestro primo… Pero en Santa Fe era muy querido, te lo dicen sus compañeros. Su familia vive a unas cuadras de Unión y su papá Gerardo lo seguía a todos lados. Son gente muy respetada y querida”, dice Chicho, que recuerda aquel 28 que pareció sacado de una película de terror:

El peor día

“Ese día fue muy raro. Un amigo de mi hermano mandó un mensaje que decía ‘vieron el jugador de Lanús que se mató’. No sabían que era nuestro primo. No sabíamos nada. Después prendimos la tele y nos enteramos. Yo me acuerdo que me levanté porque la sentí a mi mamá hablando por teléfono… Prendí la tele y fue una bomba… Mi viejo se pidió el día en el trabajo y nos fuimos a Santa Fe. Llegamos allá, vimos toda la gente, el plantel de Unión, fue muy fuerte. Me quedó grabado un hincha de Unión, muy humilde, que lloraba al lado del cajón y dejó su gorrito de Unión… Eso no me olvido más. Fue un golpe muy duro para todos”.

Luego del accidente, Joaquín y la familia intentaron seguir adelante. Y la pelota fue ese elemento en el que Chicho pudo enfocarse. Por él, y por Diego. “Todos mis primos y mi familia me dicen eso. ‘Dale que él te ayuda, dale que te guía’. Una de las cosas que te motivan para llegar a Primera es él. Yo siempre todos los partidos uso una remera que me hice. Dice: ‘Bari eterno, 1989 y puntos suspensivos’… Porque para mi va a ser eterno. Siempre juego con esa remera abajo. El día que hice un gol no supe qué hacer. Fue contra Unión de San Vicente. Se lo dediqué y se me caían las lágrimas en el medio del partido. Saber que me acompaña me motiva día a día para llegar a Primera”, cuenta Chicho.

Para Joaquín siempre será así. No hay otro camino. Seguirlo a Diego, como forma de vida. Su propio mensaje en su Facebook lo deja claro:

“Me dijiste que me ibas a esperar para estar juntos adentro de la cancha y vernos en la 18, pero te fuiste sin avisar. Ahora soy yo el que espera en otra vida volverte a encontrar”.

Y también le dejó un amigo...

“Bancalo a Pablo, no lo liquides”, era la frase que le decía siempre Diego Barisone a Joaquín. Se refería a Pablo Magnín, compañero de inferiores en Unión y gran amigo, que vino a Instituto como delantero y fue goleador en la última B Nacional.

Fue otra conexión entre Diego y Chicho que quizá armó el destino. Y, tras lo sucedido, llegaron a conocerse y compartir anécdotas y vivencias sobre Bari.

“Diego y Pablo eran muy, muy amigos. Me decía que lo banque, que no lo putee acá en Instituto (risas)… Cuando pasa lo de Diego lo cruzamos en el velorio, estaba hecho mierda... A las dos semanas, cuando vinieron los padres de Diego a visitarnos, lo invitamos a Pablo. Y estuvimos juntos recordándolo, fue un lindo momento a pesar de la tristeza. También lo cruzamos en la cancha algunas veces y seguimos en contacto. Es una excelente persona, que sintió lo de Diego como lo que eran: un hermano”. Fuente: Dia A Dia

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